En el norte de Veracruz, la devastación dejó calles convertidas en ríos de lodo y casas semisumergidas. Las familias de Poza Rica, Álamo y Tihuatlán aún buscaban rescatar muebles, ropa y recuerdos cuando un grupo inesperado irrumpió en medio del caos.
Camionetas negras avanzaban lentamente, y hombres encapuchados bajaban portando fusiles mientras colocaban despensas en el suelo. “De parte del Cártel de Jalisco Nueva Generación”, anunciaban, mientras vecinos, con los ojos atentos y el corazón encogido, tomaban las bolsas marcadas con las siglas CJNG. Gratitud y temor se mezclaban en cada gesto.
No eran simples repartidores. Algunos bajaban armados, con chalecos tácticos, organizando la entrega con precisión militar. Todo transcurría bajo la mirada de los residentes que, entre lodo y escombros, intentaban recomponer su rutina y sobrevivir al desbordamiento del río Cazones.
POLÍTICA ENTRE LOS ESCOMBROS
El escenario se volvió aún más inquietante cuando se observaron carteles de Movimiento Ciudadano y el nombre de Raúl Hernández Gallardo, próximo alcalde de Tihuatlán. La mezcla de ayuda, violencia y símbolos políticos dibuja un cuadro complejo: la asistencia llega, pero con un precio invisible de miedo e intimidación.
RESPUESTA DEL GOBIERNO
Ante los cuestionamientos, la presidenta Claudia Sheinbaum calificó la situación con cautela. “Evidentemente no está bien eso”, señaló, aunque reconoció la falta de certeza sobre los lugares exactos de los videos que circularon. La mandataria aseguró que la ayuda oficial comenzaría ese mismo fin de semana, acompañada de maquinaria para limpiar calles y viviendas.
ENTRE CRIMEN Y AUXILIO
La región no es desconocida para el crimen organizado. Además del CJNG, remanentes de Los Zetas y el Cártel del Noreste mantienen presencia en este corredor que abarca Papantla, Poza Rica y Álamo. La ayuda de los cárteles, ya sea en forma de despensas o roscas, tiene precedentes en Tabasco y Zacatecas, un gesto que mezcla solidaridad con control y miedo.
En Tihuatlán, la paradoja es evidente: mientras la naturaleza arrasa, la violencia se aprovecha. Los habitantes reciben ayuda, pero también un recordatorio silencioso de quién manda en sus calles, en un territorio donde la línea entre apoyo y amenaza es difusa.
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