Carlos Gurrola, conocido por todos como “El Papayita”, era un hombre de sonrisa fácil y corazón generoso, que iluminaba los días de quienes lo rodeaban. Trabajador incansable, se ganaba la vida en labores de limpieza en un centro comercial de la región Laguna, en Coahuila, y cada esfuerzo lo dedicaba a su familia. Lo que para él era un día más de trabajo se transformó en una tragedia inesperada.
El pasado 30 de agosto, Carlos bebió de su botella de electrolitos, buscando un momento de alivio tras su comida. El sabor era amargo y extraño, y lo que él no sabía era que alguien había vertido en ella un líquido desengrasante, una sustancia tóxica. Lo que parecía una broma inocente era, en realidad, bullying disfrazado de juego, y esa crueldad terminó arrebatándole la vida.
EL DOLOR DE LAS BROMAS COTIDIANAS
Su familia relató que Carlos soportaba pequeñas crueldades diarias: le escondían la comida, dañaban su bicicleta o le ocultaban el celular. Actos que podían parecer inofensivos, pero que sumaban un acoso constante y silencioso.
Ese 30 de agosto, la última burla no solo hirió su ánimo, sino que marcó su destino de forma irreversible.
LA AUSENCIA Y LA NEGLIGENCIA
Tras ingerir el químico, Carlos comenzó a sentirse mal alrededor de las 3:30 de la tarde, pero su familia no fue notificada hasta casi tres horas después. La empresa para la que trabajaba no proporcionó atención médica inmediata, y fueron sus seres queridos quienes, desesperados, lo llevaron a la Cruz Roja.
La madre de Carlos, doña Pila Arguijo, enfrenta no solo la ausencia de su hijo, sino la sospecha de que la verdad se intenta ocultar. Una de sus compañeras habría tirado la botella con el químico, desapareciendo una evidencia clave para esclarecer los hechos.
LA LUCHA POR JUSTICIA
La Fiscalía de Coahuila abrió una carpeta de investigación, solicitó videograbaciones de la empresa y recabó declaraciones de los compañeros de trabajo. Aún no se determina quién vertió el químico, pero la familia exige justicia y que nadie más pague con su vida por lo que otros llaman “una simple broma”.
UN VACÍO QUE NO SE LLENA
Carlos no era un jefe, ni alguien con poder. Era un hombre de familia, un trabajador ejemplar, cuya pérdida deja un vacío imposible de llenar. Su historia recuerda que el bullying no es un juego, es violencia que puede matar.
En redes sociales, sus imágenes se llenaron de mensajes de cariño y despedida, recordando a un buen hombre que merecía respeto, no burlas.
El “Papayita” se fue demasiado pronto, pero su historia queda como un llamado urgente a la empatía y al respeto, para que la crueldad disfrazada de chiste nunca más arrebate otra vida.
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