ZACATECAS.- Hace apenas 20 días, una pipa de gas explotó en la Ciudad de México, dejando un saldo de muertos, heridos y la habitual ola de promesas gubernamentales de “revisar protocolos”.
Ayer miércoles, en la carretera Sombrerete–Durango, la historia se repitió con otro guion de terror: una pipa sin frenos se estrelló contra una caseta de cobro y un tráiler cargado con 42 toneladas de cianuro sódico, provocando la muerte del chofer e hiriendo a un hombre identificado como Benigno “N”.
El choque desató la emergencia por la fuga del químico altamente tóxico y dejó pérdidas totales en otro camión que transportaba 35 toneladas de frijol. El tráfico quedó paralizado y Protección Civil tuvo que improvisar medidas de contención.
UN PATRÓN DE DESASTRES, NO “ACCIDENTES”
Estos hechos no son aislados: son consecuencia de una regulación laxa y, en muchos casos, inexistente sobre el traslado de materiales peligrosos en carreteras donde circulan familias, trabajadores y estudiantes. México permite que toneladas de gas, combustibles o químicos mortales se transporten en vías saturadas, sin rutas específicas ni controles efectivos.
El Reglamento de Transporte de Materiales Peligrosos existe, pero su aplicación es desigual, y las sanciones por incumplimiento son mínimas frente al riesgo. La supervisión recae en un mosaico de autoridades federales y estatales que pocas veces se coordinan, y el resultado son pipas viejas, mal mantenidas y sin planes de contingencia atravesando zonas urbanas o tramos carreteros sin rampas de frenado.
UN PAÍS DONDE LO URGENTE NUNCA LLEGA
Mientras en otros países el traslado de sustancias de alto riesgo está restringido a rutas especiales, horarios nocturnos y unidades certificadas, en México la realidad es otra: el cianuro puede pasar por la puerta de tu casa, y el gas por cualquier autopista concurrida.
La explosión en CDMX y el desastre en Zacatecas–Durango muestran la misma constante: se actúa después del desastre, nunca antes. La pregunta ya no es si habrá otra tragedia, sino dónde y cuándo.
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