ZACATECAS.- El reloj marcaba las 12:50 del mediodía en Tijuana cuando la violencia volvió a interrumpir la rutina de una ciudad acostumbrada al estruendo. En plena calle Río de la Concepción, en la colonia Aguaje de la Tuna, el zacatecano Damián Lozano Durán, médico veterinario originario de Juchipila, y su colaborador Damián Jiménez Jiménez, fueron ejecutados a balazos mientras estaban dentro de un vehículo.
A plena luz del día, sin advertencia y sin escapatoria, dos jóvenes con ropa oscura se acercaron al automóvil Chevrolet Malibu donde se encontraban. Cuatro disparos bastaron para arrancarles la vida. Uno de ellos, Damián Lozano, alcanzó a abrir la puerta y quedó tendido sobre el pavimento, como si hubiera intentado correr o pedir ayuda. Su colaborador murió en el asiento del copiloto.
Ambos presentaban impactos de bala en cabeza y tórax, y los paramédicos de la Cruz Roja confirmaron que las muertes fueron instantáneas.
UN ZACATECANO MUERTO LEJOS DE SU TIERRA
La historia de Damián no comenzó ni terminó en Tijuana. Era originario del sur de Zacatecas, del municipio de Juchipila, donde desde muy joven mostró vocación por el cuidado animal. Se formó como médico veterinario y más tarde, como muchos otros jóvenes zacatecanos, migró al norte en busca de trabajo, oportunidades y una vida más estable.
Lo que encontró fue la violencia que ha ido desplazando sueños y cuerpos a lo largo del país.
Quienes lo conocían dicen que Damián era comprometido con su profesión, discreto y generoso. Tenía poco tiempo de haber contratado a su colaborador, Damián Jiménez, a quien también alcanzó la misma bala que segó al jefe.
UN ASESINO ADOLESCENTE
Tras un despliegue policiaco en los alrededores, autoridades locales informaron la detención de un menor de edad: Brayan, de tan solo 17 años, señalado como uno de los presuntos autores materiales del asesinato. Se desconoce si actuó por encargo, si pertenecía a una célula delictiva o si conocía a sus víctimas.
La edad del presunto agresor y la brutalidad del crimen solo agrandan la herida colectiva, en una ciudad que parece haberse resignado a ver morir a sus habitantes sin preguntas ni respuestas.
Los cuerpos de Damián Lozano y su colaborador fueron trasladados al Servicio Médico Forense, donde continuarán las investigaciones. Pero el duelo ya empezó. En Juchipila, su nombre circula en chats familiares y grupos vecinales. Lo recuerdan no como una estadística, sino como un hombre de bien, un profesionista que murió donde no debía, por razones que aún nadie explica.
En una ciudad que normalizó los disparos, el nombre de Damián vuelve a poner rostro, oficio y origen a una historia más de sangre.
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