GUANAJUATO. – Lorena Jacqueline Morales Valencia salió de su casa una mañana cualquiera. Iba vestida con lo cotidiano: playera blanca, pantalón de mezclilla, tenis grises. Llevaba 28 años de vida a cuestas, sueños normales, una rutina como la de miles de mujeres. Esa mañana del 22 de mayo en León, Guanajuato, no hubo aviso, ni presentimiento, ni señal: simplemente no regresó.
Su familia la buscó desde las primeras horas. Denunciaron su desaparición. Compartieron su rostro, su ropa, su nombre. Pero la ciudad, acostumbrada a las ausencias, apenas se inmutó. Otro nombre más entre tantos. Otra ficha más en el océano de los desaparecidos.
EL HOMBRE QUE BAJÓ LAS ESCALERAS CON UN CUERPO
Mientras la angustia crecía en su hogar, una cámara de seguridad registraba el inicio del infierno. A las 9 de la mañana, un hombre, Juan Antonio “N”, subía trabajosamente por las escaleras de un edificio. Llevaba un bulto envuelto en sábanas, alargado, pesado. Una mujer —sin saber, tal vez sin querer saber— le sostuvo la puerta.
Horas después, el mismo hombre reapareció. Salía con una maleta negra, grande, tensa por dentro. En su interior yacía Lorena, sin vida. Ya sin voz. Ya sin nombre. Su feminicidio no fue cometido en un callejón, en un paraje aislado, ni bajo la sombra de la noche. Fue meticulosamente envuelto, cargado, trasladado y ocultado… a plena luz del día.
UNA MALETA EN UN TERRENO BALDÍO
Durante días, la búsqueda siguió. Pegaron carteles. Se compartieron cadenas en redes sociales. La Fiscalía hablaba de avances, pero no había respuestas. Nadie sabía —salvo él— que el cuerpo de Lorena yacía en una maleta abandonada en un terreno de la colonia Valle del Campestre. La violencia, una vez más, se disfrazaba de rutina. Pasó más de una semana. El olor fue lo único que denunció la verdad.
EL ASESINO LLAMA
Juan Antonio no fue detenido por una investigación brillante. No hubo redada, ni seguimiento. Llamó él mismo. Dijo que se sentía presionado por la cobertura mediática, “hostigado” por el rumor que crecía como espuma. Lo detuvieron en el mismo edificio donde la mató. Caminó con calma entre agentes vestidos de civil. Sin esposas. Sin temor. Tal vez porque en este país los feminicidas han aprendido que casi nunca hay castigo.
UN EDIFICIO LLENO DE SILENCIO
¿Nadie escuchó? ¿Nadie sospechó? Las cámaras grabaron todo. La mujer que sostuvo la puerta, los vecinos, el tránsito cotidiano… Todo ocurrió a la vista de muchos. Pero nadie actuó. Tal vez por miedo. Tal vez por desconexión. O tal vez porque estamos tan acostumbrados al horror, que lo ignoramos para poder sobrevivir.
EL DESENLACE: UN GRITO TARDÍO
El cuerpo de Lorena fue encontrado el 4 de junio. Doce días después. Doce días de angustia y de ausencia. Doce días de una madre que no dormía, de una hermana que no comía, de una ciudad que no escuchaba. La encontraron como la descartaron: en una maleta. Como si su vida hubiera sido un estorbo. Como si fuera desechable.
Su feminicidio no es solo un caso más. Es un espejo feroz de la violencia normalizada. De la impunidad silenciosa. De lo que ocurre cuando un país deja de mirar.
Lorena no está. Pero su historia sigue gritando. Porque no fue una tragedia inevitable. Fue un crimen permitido.
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